Semillero Estudios de Literatura y Periodismo

Grupo de estudio sobre temas relacionados con la prensa y la literatura en el período de 1890 a 1920 en Colombia e Hispanoamérica. Avalado por el Grupo de Investigación Colombia: tradiciones de la palabra, de la Universidad de Antioquia.

Por: Juan David Vélez

“Las ciudades burguesas” ocupa el sexto capítulo del libro Latinoamérica: las ciudades y las ideas, de José Luis Romero, que presenta el panorama de algunas ciudades que hacia la fecha de 1880 en Latinoamérica comienzan a experimentar cambios culturales, fisionómicos, políticos y económicos.

Para comprender el capítulo se debe percibir cómo la expansión económica que en el año de 1880 se incentivó en los focos productivos de las poblaciones que podían brindar materias primas a Norteamérica y Europa —grandes en su capacidad técnica de producción, necesitada sin embargo de materias primas para sostener al gran número de gente que allí trabajaba— estímulo el interés sobre estas regiones privilegiadas; así, sectores como puertos o de gran capacidad productora comenzaron a sobresalir como lugares de posibilidad para todas las capas sociales que paulatina o frenéticamente llegaban a estas poblaciones. De esta manera, las grandes ciudades obtuvieron su principal recurso para convertirse con el paso del tiempo en los ejes de las naciones que se construían, decimos pues: obtuvieron una aglomeración de gente en sus calles.

Sin embargo, para entender cómo el aspecto cultural se desarrolló en estas ciudades es indispensable considerar cómo los nuevos parámetros económicos movilizaron los sistemas políticos del patriciado a las denominadas nuevas burguesías; según Romero el flujo de gente fracturó de manera insoldable la estructura y fuerza del patriciado, todo ello por abrirse oportunidades antes imposibles que nuevos grupos fuera del patriciado tradicional podían aprovechar consiguiendo con ello mejores ganancias. Así pues, un comercio en constante movimiento más vivo y con mayor cobertura aprovechable brindó una salida a los cánones establecidos por los apellidos; por consiguiente la denotación de nueva burguesía corresponde a toda las personas que aprovechando una oportunidad se granjearon un nuevo puesto social. Es así como esta ruleta de las oportunidades que brindaban las ciudades de gran movimiento económico permitió a la gente pensar en el ascenso social, definido como la capacidad de escalar mesurada o rápidamente las capas sociales, antes infranqueables. Pero estos grandes niveles de enriquecimiento tuvieron un resultado estético en las apariencias de las ciudades; estas al ser focalizadas por toda clase de gente y principalmente por personas que en un intento por demostrar su cercanía a las tendencias más refinadas —imaginariamente pensadas como las Europeas— comenzaron a imitar su arquitectura, experimentaron un fenómeno que dio como resultado un cambio en la fisionomía de los entornos citadinos, tomando así patrones interpretados de la arquitectura presentes al otro extremo del mar. Este carácter imitativo caló no solo en lo correspondiente a los parámetros arquitectónicos de Europa.

Las nuevas burguesías al desconocerse como un grupo hegemónico determinado por alguna tradición como anteriormente ocurría en el patriciado, necesitaban de algo que los distanciara de su anterior estado social más bajo y los vinculara a la capa social que antes pertenecía al patriciado con su sistema de valores establecido. Por eso, acogieron fácilmente y de manera exagerada los modelos culturales Europeos; por lo tanto, la nueva burguesía en un intento por conseguir una identidad se insertó en una coja imitación de las maneras de vivir Europeas. En este panorama, el ascenso social presentó en su tiempo la pugna por el poder ¿Quién debía obtener el gobierno en un mundo donde todos de alguna manera podían ascender rápidamente? Esta pregunta en el tiempo en que estas ciudades ya habían creado la nueva burguesía, se traducía en una pugna por el poder legislativo, en la que una persona representaba un grupo de gente reunida por ciertas ideas comunes. Tal persona, al obtener el gobierno imponía los decretos de su respectivo grupo en beneficio de este, en dicho momento el pueblo ya como ente con palabra medianamente recuperada por la caída de los patriciados, fue reconocido como fuerza haciéndose notar en la medida que, lugares que fueron construidos para las altas clases sociales, la ciudad en sí misma, pasaron a ser el espacio de aquella capa social, retrayendo poco a poco a las nuevas y viejas burguesías a espacios más selectos fuera de capas menos altivas. Podemos afirmar así que aspectos culturales, fisionómicos y políticos, sintetizan el sexto capítulo del trabajo de José Luis Romero, todos estos fueron posibles solo gracias al movimiento que por medio de lo económico comienza su arduo trasegar hacia nuevas perspectivas en las que el hombre reconoce su lugar.

Para el semillero de investigación, la lectura de “Las ciudades burguesas”, presenta el panorama desde el cual se tiene una lectura detallada del período estudiado —1890-1920— observando cómo estos cambios de perspectiva incentivan una nueva interpretación de lo que por hombre se tiene; es decir: que el sujeto está ya separado de cadenas que lo atan estrechamente a los patrones sociales obstinadamente de una sola forma y cambia a una interpretación en la que el hombre está en una posibilidad de verse como un sujeto expresamente arrojado al mundo para construir su futuro, lo que permite una aparición mucho más cercana a valores literarios que son un valor de indiscutible carácter analizable.

hace 1 año