Por: Integrantes del Semillero
Sobre las perspectiva historiográficas, la sociedades humanas y formas de comunicación.
Los efectos de la reestructuración que trajeron las nuevas ideas de los conquistadores a las sociedades aborígenes de América radicalizaron los órdenes de poder de manera radical, imponiendo formas de ver el mundo que antes la gente nativa desconocía por completo; entre ellas, la más importante para el tema a tratar, es la escritura, fenómeno nuevo para ellos, puesto que en aquel tiempo los conocimientos de sus antecesores se conservaban por medio de la memoria colectiva y la oralidad, así que la inclusión de la escritura alteró estos modos de conservación y sobre todo la manera de relacionarse entre el pueblo y el Estado, pues la escritura representaba poder.
Las formas de circulación de la información eran dos: por medio de las costas, pues estas permitían ese intercambio con la gente que llegaba del exterior y, entre los caminantes a manera de rumor, cuyos temas principales eran la difamación de los acontecimientos del territorio y del momento.
Los contenidos de las publicaciones de aquellos días, las cuales no eran más que pequeñas hojas no periódicas, eran tres: los fenómenos naturales, la política y la religión. También, aparecieron formas como panfletos, libelos y pasquines que se encargaban de hacer circular rumores sobre la vida de la gente, pero es importante señalar que era otro mecanismo de escritura que se movilizaba por el lado de la correspondencia, aparte de la imprenta.
El contenido de los comunicados escritos se controlaba, es decir, solo podían publicarse temáticas religiosas que se hicieran valer como sagradas y temáticas políticas cuyo contenido no amenazara el régimen colonial. Fue la burocracia ilustrada la que comenzó a trasgredir estas restricciones impuestas por el estado a las publicaciones.
Prensa, periodismo e ilustración.
Los periódicos Papel periódico de Santafé de Bogotá (1791-1796), Correo Curioso (1801), Semanario del Nuevo Reino de Granada (1808-1810), Diario político de Santafé de Bogotá (1810), fueron publicaciones con el ánimo de producir contenido, en parte de carácter intelectual, para toda la comunidad santafereña, y de construir un nuevo orden social.
La importancia de la influencia de los círculos literatos en la región, condujo al afán por la formación de opiniones libres, así, el pensamiento ilustrado, solo se dio en una pequeña élite de funcionarios, académicos, estudiantes, clérigos y algunos comerciantes, y muchos de los habitantes permanecieron apartados del fenómeno social que surgía. Los impedimentos de opinión pública se debían al control de las ideas por parte del régimen y la mentalidad rutinaria de la sociedad, que no le encontraba sentido alguno a esta nueva actividad de inteligencia.
La censura a quienes criticaban cualquier forma de vida (costumbres, educación, política), en cuanto al Papel periódico, se hacía con el fin de evitar cualquier enfrentamiento; en cambio, en el Semanario, su director fue más abierto contra sus atacantes, lo que quiere decir que las publicaciones en el periódico fueron más polémicas. El poco interés de sus reducidos suscriptores, se debía a los temas “fuera del alcance de lo común” en el contenido de sus publicaciones, razón que lleva al cierre de estos o a hacer un replanteamiento del sistema de entregas, pasando de ser folletines a las llamadas “memorias” o cuadernillos.

Prensa, periodismo y coyuntura revolucionaria
En este apartado, Renán Silva plantea que es la época revolucionaria (es decir, a partir de 1808, cuando pierde el trono el soberano español) la que da origen al fenómeno de la libertad de imprenta. La libertad de imprenta y la crítica que posibilitó desembocó en una modificación esencial de la esfera de la comunicación: ya no se trataba de obedecer a lo que se escribía (generalmente mandatos del rey), sino de someter aquello sobre lo que se informaba al debate racional. Esto tiene implicaciones en la formación de la opinión pública, entendida como “aquella que se basa en la expresión libre del juicio de los individuos, ahora considerados como ciudadanos y no como vasallos” (Silva, 2005: 142).
La importancia de la formación de la opinión pública en la época (1808-1820) se evidencia en la “guerra de opinión” que se dio durante los procesos de independencia, cuando imprentas e imprentillas ocuparon el lugar de objetos preciados. La transmisión oral o la lectura colectiva eran otras formas de manifestación de la opinión pública, aparte de la lectura individual, hablaban de lo que se publicaba, muy diferente a lo que actualmente se conoce como noticia: “la exposición de doctrinas, la crítica del pasado, el examen de los acontecimientos políticos presentes y la exposición de utopías sociales” (Silva, 2005: 146).
Tanto el fenómeno de la formación de una opinión pública como el carácter mercantil que está ligado al surgimiento de la prensa en Colombia tienen especial relevancia para los objetos de estudio de nuestro semillero de investigación. La formación de una opinión pública está ligada a un fenómeno que se desarrolla en el período que estudiamos (1890-1920), a saber: la formación del campo literario en Colombia. En esa misma línea, debemos observar el carácter comercial de la prensa y sus implicaciones en la creación y recepción de la literatura en el período final del siglo XIX, aspecto que está relacionado con el proceso de profesionalización de los escritores y el ingreso de la literatura en el mercado de bienes culturales.
Es importante reconocer lo apropiado de las pesquisas realizadas por Silva, enmarcadas en el fenómeno propio de nuestra sociedad ancestral determinada por los fenómenos de oralidad, entendiendo que es imposible fijar una perspectiva en el desarrollo de la prensa o del periodismo sin posar los ojos en las tradiciones de propagación que la palabra hace desde hace varios siglos a través de pregoneros y lectores que a voz viva difunden lo que habríamos de asumir entre comillas como noticias.
El fenómeno desconcertante de la producción de textos bajo las más variadas problemáticas, incluyendo: audiencia poco cualificada para los procesos de lectura, extenuantes peripecias en los procesos de impresión y edición, dadas las precarias condiciones y los insumos presentes durante el periodo en cuestión, nos entregan discusiones abiertas acerca de los orígenes más bien inciertos de una cultura periodística en medio de un contexto que no acogió la producción escrita como una prioridad, y como un medio de propagación cultural o un hábito de las mayorías.





